Trabajadoras Sexuales Se Unen Al Feminismo
El Foro albergó muchas sesiones interactivas simultáneas que permitieron discusiones y debates en grupos más pequeños y focalizados sobre una enorme variedad de temas que afectan a los derechos de las mujeres y la construcción de movimientos en el mundo actual.
En esta sección les presentamos las transcripciones editadas y resumidas de la sesión: "Trabajadoras sexuales se unen al feminismo"
Organizada por: Verónica Magar
Presentadoras: Meena Seshu, Charlotte Bunch y Verónica Magar
Puedes descargar el documento adjunto con fotos y diseños en formato PDF.
Veronica Magar: Hay mucha ambivalencia en el feminismo con respecto al movimiento de trabajadoras sexuales. Algunas feministas adoptan una postura abolicionista, lo que significa que querrían abolir la prostitución. Y otras toman postura a favor de los derechos de las trabajadoras sexuales, procurando legalizar el trabajo sexual. Lo que esperamos hacer en esta sesión es ir más allá de la polarización para analizar cómo se juegan estas cuestiones en las posturas y políticas de los gobiernos.
Meena Seshu: El colectivo con el que trabajo (VAMP) comenzó a trabajar en VIH/SIDA dieciséis años atrás. El gobierno de India estaba empujando a las ONGs a que trabajaran con las trabajadoras sexuales para salvar a la “población puente” – es decir a los hombres que recurrían a las trabajadoras sexuales. A nosotras esta política, que estaba escrita, nos chocó. Como activistas por los derechos de las mujeres nos preguntamos quién se preocupaba por las trabajadoras sexuales. Pero ellas simplemente no formaban parte de la agenda. La agenda eran los hombres, esta “población puente”.
Al mismo tiempo, yo me enfrentaba a mi propia manera de ver la prostitución porque vengo de una formación muy típica en la que me enseñaron que la prostitución era sinónimo de explotación, victimización, opresión. Como estaba programada para pensar así, cuando fui a trabajar con las comunidades, era eso lo que buscaba. Pregunté ¿dónde están las víctimas? Pero las mujeres con las que me encontré no estaban dispuestas a aceptar esta construcción de ser víctimas. Y eso me espantó. Trabajábamos con condones, con la premisa de que era imposible imponerlos. En mi otra vida, yo trabajaba con víctimas de la dote y sabía que no se podía negociar el uso del condón. Pero estas otras, que se suponía eran víctimas totales, adoptaron los condones en un abrir y cerrar de ojos y empezaron a hablar de hacerles frente a los hombres y obligarlos a usar condones. ¿Cómo podía ser que todo este grupo de mujeres, que supuestamente eran víctimas, pudiera imponer el uso de condones con tanta facilidad?
Lo que me preocupó fue que nadie estuviera abordando la violencia en el trabajo sexual. Todo el mundo se limitaba a pensar que el trabajo sexual y la prostitución son violencia per se, y sólo hablaban de abolirlos, sin hacer nada por las mujeres que estaban haciendo trabajo sexual. Había una violencia terrible de la que nadie se estaba ocupando. Me acuerdo que en esa época un hombre se emborrachó, violó a una mujer, la asesinó, y nadie pestañeó siquiera. Nadie. Yo pensaba que si podíamos colectivizar a las mujeres para que resistieran la violencia viniera de donde viniera – de los partidos políticos, la policía, las bandas de delincuentes- ésa iba a ser la solución. Y eso fue lo que comenzamos a hacer. Empezamos a colectivizar y en el proceso llevamos a un grupo de mujeres a la policía, para que denunciaran a una banda de delincuentes que las estaba sometiendo a violencia. La inspectora de policía me dijo “Meena, creo que estas no son mujeres”, y yo le respondí “¿Qué crees que son?”. “Infractoras” –fue su respuesta – “no mujeres”. Eso me espantó porque ella pensaba que dado que las trabajadoras sexuales se acostaban con hombres diferentes cada noche, ya no eran mujeres. Pensaba que, como autoridad policial encargada de hacer cumplir la ley, ella debía tratarlas como a infractoras, y con eso alcanzaba.
El otro nivel del que me gustaría hablar es esta cuestión de verse obligadas a ejercer la prostitución. Esto también lo cuestionaban las mujeres, pero yo pensaba que la mayoría de las mujeres que hacían trabajo sexual era porque las habían obligado a hacerlo. Les pregunté si habían elegido estar donde estaban y me respondieron “Ni lo elegimos ni nos obligaron”. Les dije que no entendía y me lo explicaron así: “La elección es un espejismo muy cruel. Lo pones ahí delante y dices ‘hay diez sabores de helados y el que prefiero es el de frutilla’. Pero en la vida real no es así. Hay un número limitado de opciones y una elige la mejor entre lo que es posible”. Eso es lo que la mayoría de las mujeres contaban que habían hecho.
Lo que me hizo entender este tema fue que estas mujeres formulaban preguntas muy serias y cuestionaban algunas normas patriarcales muy fuertes. Una que me resultó absolutamente fascinante fue la pregunta acerca de quién controla la matriz. Las trabajadoras sexuales nos decían todo el tiempo “Esta criatura es mía. No le pertenece a ningún hombre. Él jugó un rol menor en el proceso”. Y eso me lleva al tema de la propiedad, porque estas mujeres son jefas de hogar y tienen propiedades a su nombre. No sé cuántas mujeres rurales pueden afirmar que tienen propiedades a su nombre, pero un grupo numeroso de trabajadoras sexuales tienen propiedades a su nombre, lo que a mí me resultó muy interesante.
Las cosas que me preocuparon... Una fue que me veía frente a una situación en la que el trabajo sexual era o bien una forma de esclavitud o, en el otro extremo, una forma de ejercer el derecho al trabajo. Ambas posiciones eran cerradas. Esto me perturbó mucho porque implicaba contraponer dos violaciones a los derechos humanos entre sí: esclavitud y victimización de un lado, elección y derecho a trabajar del otro. Como feminista para mí era muy claro en qué nivel estaba trabajando pero el otro nivel que me fascinó mucho más fue lo que llamo la condición sexual femenina, y el control sobre la sexualidad. Había esta construcción de lo que era la conducta sexual femenina aceptable, que significaba que el ser sexual no podía utilizarse con el objetivo inútil de hacer dinero. Las mujeres debían ser puras. Todo eso se me presentó bajo la forma de dos mundos diferentes: uno el mundo de quienes desean controlar a la sexualidad, disfrazando ese control de bien social o bien de la especie, y del otro lado el mundo de quienes resisten, rompen las normas y viven bajo reglas que les resultan inaceptables a las buenas moralistas o a las salvadoras de las normas.
El viaje con las trabajadoras sexuales ha estado marcado por discusiones en torno al sexo, el amor, la multiplicidad de parejas sexuales y el malestar frente al sexo como sólo una actividad física o como una actividad para el placer desprovista de amor. Conceptos como la moral sexual, lo sagrado en materia sexual, el placer sexual, la preferencia sexual, la diversidad sexual, la salud sexual y los derechos sexuales... todo esto se tornó muy importante en el rompecabezas de la vida y creo profundamente que las feministas con sus análisis pueden ayudar mucho al movimiento por los derechos de las trabajadoras sexuales a abrirse paso en medio de toda la confusión.
Charlotte Bunch: Tanto Meena como yo confesamos que esta sesión nos puso muy nerviosas y quiero comenzar con eso, en un plano personal. Porque a lo que quiero referirme más que nada es a ese nerviosismo que ha pasado a ser inseparable de la forma como se discute este tema en el movimiento feminista.
Estaba pensando si participar de este panel o no, y no porque no me interese el tema. Más bien es porque no quiero colocarme en ese espacio en el que hemos tenido no-debates tan dolorosos, tan divisivos y tan irrespetuosos porque la polarización es tremenda. Por eso creo que lo que ambas queremos decir antes que nada es que lo más importante hoy es que todas sintamos la confianza necesaria como para decir en qué nos sentimos confundidas, qué es lo que nos estamos preguntando, qué necesitamos aprender, escuchar y pensar. No estoy diciendo que vamos a salir estando todas de acuerdo o queriéndonos. Este es un tema muy difícil porque en él se juntas varios temas que son muy importantes para el feminismo y que tienen muchísimo que ver con el control de nuestros cuerpos. ¿Quién los controla? ¿Cómo los controlamos? ¿Qué significa eso?
Creo que también tiene mucho que ver aquí el enorme debate del feminismo entre la “victimización” y la “agencia”. Quiero manifestar mi profundo acuerdo contigo en cuanto a que todas somos víctimas y agentes todo el tiempo. Esta idea de que sólo somos víctimas o sólo somos agentes que eligen libremente no nos sirve para llegar al punto en el que se cruza nuestro ser victimizadas con nuestro elegir en un universo limitado. Y no creo que haya nadie aquí que no sienta que vivimos en un universo donde nuestras opciones son limitadas. Queremos protección para las opciones que hacemos. ¿Cómo lo logramos en un mundo donde el control sexual sobre los cuerpos de las mujeres es tan fundamental para todas las instituciones dentro de las cuales transcurre nuestra vida?
Uno de los desafíos que me presentó Meena cuando propuso este diálogo es la pregunta acerca de dónde está el espacio que abre el movimiento feminista para escuchar de verdad a las trabajadoras sexuales. Quiero reconocer que, por supuesto, no todas las trabajadoras sexuales están de acuerdo entre sí. Estamos tan acostumbradas a que nos digan que las mujeres estamos divididas, que no nos ponemos de acuerdo. Por supuesto que no estamos de acuerdo en todo, y lo mismo ocurre con las trabajadoras sexuales. ¿Por qué deberían estarlo? ¿Por qué cualquier grupo de nosotras debería estar de acuerdo en todo? Pero si partimos de hablar de esto con las mujeres que se ven más afectadas, creo que vamos a poder avanzar y entender mejor la ambigüedad y las dificultades que implica actuar de manera eficaz en este tema.
Estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que ha dicho Meena y las quiero referir a mi trabajo. Llegué a la intersección de estos temas a partir de dos historias que me llevaron a ver diferentes aspectos de esto. Una es mi propio trabajo, que la mayoría de ustedes conocen, sobre violencia contra las mujeres, que incluye el trabajo contra la trata que comencé a llevar adelante a partir de la década de 1980 cuando colaboré en la organización de un taller internacional sobre esclavitud sexual femenina. Al comenzar ese trabajo, mi preocupación mayor eran por supuesto las mujeres que habían sido objeto de trata. La trata de seres humanos es algo muy real, y la victimización de esas mujeres es muy real. ¿Cómo logramos que se las incorpore a ellas a la agenda de los derechos humanos, que se les destinen las mismas reparaciones y recursos que los defensores de los derechos humanos obtuvieron de los Estados en la década de 1980 después de las luchas en torno a la represión política ejercida por el Estado?
Al comienzo, tanto yo como creo que la mayoría de nosotras en el movimiento feminista, nos centramos en aquellos aspectos de la trata para el trabajo sexual que están ligados a la explotación y que tenían que ver literalmente con haber sido secuestradas y forzadas. Pero al intentar pensar cómo podíamos crear políticas para eso me di cuenta muy pronto que existía la tendencia a que este trabajo se convirtiera en otra versión del fraude de la protección, donde lo que se juega no es la verdadera protección sino la protección al precio de renunciar a tus derechos. Creo que esta es la pregunta que nos debemos hacer todas las que estamos en la lucha por los derechos humanos: cómo logramos que las mujeres estén protegidas frente a los abusos que son muy reales sin que esa protección se consiga al precio de renunciar a sus derechos a la sexualidad y a la circulación. Muchas de las medidas contra la trata tuvieron desde el comienzo mismo un sesgo anti-migratorio.
También me preocupaba que a las mujeres se nos dijera cómo teníamos que usar nuestros cuerpos. Pensé en mis experiencias en el movimiento lésbico-feminista y me dije “Oh, oh, de nuevo alguien me está diciendo qué clase de sexo es el correcto, cuándo y cómo debo usar mi cuerpo, y qué tengo permitido hacer con él”. Me acordé de todas esas personas – y creo que pensaban que lo hacían por nuestro bien – que habían encerrado a sus hijas lesbianas o a sus hijos gays para ‘enderezarlos’, porque pensaban que ser lesbiana o gay les iba a crear muchos problemas en el mundo. Pensé que tenemos que tener mucho cuidado para no volver a establecer un modelo de protección que esté basado en la idea de otra persona acerca de cómo tenemos que vivir nuestras vidas, y en el punto de vista de otra persona acerca de qué fue lo que nos sucedió para que termináramos eligiendo lo que elegimos o llegáramos a la situación en la que nos encontramos.
Como muchas mujeres que han luchado contra este tema, creo que es muy importante crear espacios en los que podamos seguir conversando seriamente acerca de cómo les garantizamos protección a las mujeres. Cualquiera que haya trabajado en el movimiento de mujeres golpeadas conoce este dilema: ¿cómo proteger a las mujeres que han pasado por alguna clase de violación sin al mismo tiempo decidir por ellas qué es lo que quieren hacer? Nosotras no tenemos derecho a decidir dónde van a pasar su vida, con quién van a vivir y con quién van a decidir quedarse. Creo que ésta es la parte difícil del asunto. Por eso hemos creado estas divisiones imperfectas, y estoy de acuerdo en que necesitamos revisarlas, entre prostitución forzada y trabajo sexual. Se le está prestando mucha atención a esto, hay dinero para esto, y los gobiernos están trabajando en esto. ¿Cómo garantizamos que ese trabajo sirva para proteger a las mujeres que hacen trabajo sexual de la violencia que viven en su trabajo y a la vez para ampliar sus opciones en el caso de que no quieran seguir haciendo ese trabajo, sin predeterminar de antemano cuál es su respuesta?
Creo que es ahí donde radica el verdadero desafío porque todas nosotras vivimos en un mundo en el que hay fuerzas que controlan nuestras opciones. Siempre estamos luchando para estar seguras de que las mujeres tendrán oportunidades de elegir. Pero creo que hay un determinado conjunto de supuestos en torno al trabajo sexual que tienen que ver con el tema de la sexualidad, y que dicen que de alguna manera sabemos lo que quieren las trabajadoras sexuales. Creo que es aquí donde realmente tenemos que cuestionarnos a nosotras mismas. No quiero decir con esto que a las mujeres no debe dárseles la oportunidad y la posibilidad de cambiar su situación si eso es lo que quieren hacer. Pero sí digo que no debemos hacerlo a partir de una respuesta preconcebida (por nosotras), privándolas de otra clase de derechos, colocándolas fuera de la ley y haciendo que les resulte imposible organizarse. No puedo pensar en una forma mejor de hacerle sentir a alguien que tiene más derechos que (darle) la posibilidad de salir de la ilegalidad, de poder funcionar y gozar de algunos derechos en su trabajo, de mejorar sus condiciones de trabajo, y de ver si eso es realmente lo que ella quiere hacer o no. Una mujer que está atrapada no tiene posibilidades de pensar si eso es realmente lo que quiere hacer. Al mismo tiempo tenemos que ser muy conscientes de que se está ganando mucho dinero con este negocio, y en la mayoría de los casos no son mujeres las que se están quedando con ese dinero.
Entonces, ¿cómo desmenuzamos estos aspectos y vamos entendiendo qué significa cada cosa? ... Lo importante no son tanto mis ideas tentativas acerca de cómo podemos llegar allí sino más bien cómo podemos hablar de esto en forma diferente. Cómo podemos ir tomando cada uno de los hilos de este tema y empezar a entender que nos estamos enfrentando a un dilema donde las causas profundas que hacen que las mujeres no tengan poder como trabajadoras sexuales son por supuesto las mismas causas profundas de la inequidad a que se enfrentan las mujeres en todas las áreas de la vida. Entonces, si pudiéramos relacionar el trabajo que estamos intentando hacer sobre el tema del trabajo sexual con el trabajo que hacemos para empoderar a las mujeres en todos los otros aspectos, creo que podríamos avanzar mucho más, tanto en cuanto a brindarles más opciones a las mujeres como en lograr que mejore la situación de las mujeres que hacen trabajo sexual.
Preguntas y discusión: Fragmentos
Participante: Buenos días. Soy la secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina. También soy secretaria regional de la Red de Mujeres Trabajadoras Sexuales de América Latina y el Caribe. Primero quiero felicitarlas por plantear esta discusión. Pero también quiero decirles que las trabajadoras sexuales ya hemos avanzado en algunos temas. Primero, la diferenciación entre trabajo sexual y trata de personas. Nosotras decimos que trabajo sexual es para toda persona que es mayor de edad y que está en este trabajo por consentimiento propio. Eso es trabajo sexual, así nos definimos nosotras. Otra cosa es la trata de personas, la explotación sexual de niños y niñas y la esclavitud. Porque también queremos diferenciar la explotación sexual de la esclavitud. Obviamente estamos en contra de la esclavitud. Sabemos lo que es, y hay muchas mujeres que son esclavas para ejercer la prostitución. La explotación es otra cosa. La explotación la sufrimos todos los trabajadores y trabajadoras, no solamente las trabajadoras sexuales.
Con todo respeto les digo que hay una subestimación del movimiento de trabajadoras sexuales. Muchísimas de nosotras somos compañeras que no hemos pasado por la Universidad, y a veces ni siquiera por la escuela primaria. Pero yo digo que nosotras tenemos treinta años de estar paradas en una esquina o de estar adentro de un burdel y esos treinta años nos dan autoridad y experiencia para decir lo que nosotras queremos. Esperamos que no nos sigan juzgando pero también fundamentalmente que no sigan hablando en nombre de nosotras. Nosotras tenemos voz y también queremos tener votos en estos espacios. Muchas gracias.
Participante: Es un placer para mí estar aquí. Hace trece años que soy trabajadora sexual y llevo casi el mismo tiempo como activista por mis derechos y los de mis hermanas y hermanos que hacen trabajo sexual. Quería decir un par de cosas. La primera es que creo que se nos debe reconocer que luchamos todo el tiempo por nuestros derechos, trabajemos donde trabajemos. Conocemos nuestros derechos y estamos luchando activamente para proteger no sólo nuestros propios derechos sino también los de las hermanas y hermanos con quienes trabajamos. Eso muchas veces no se reconoce, el trabajo enorme que hacemos para mejorar nuestras condiciones de trabajo y para hacerle frente a la violencia policial y la tortura estatal. Muchas veces tampoco se reconoce cómo nos protegemos unas a otras cuando estamos presas. Ni se reconoce cómo nos protegemos de las agresiones no sólo de los políticos de derecha sino también de las feministas que están contra el trabajo sexual.
Pienso que el movimiento feminista tiene que dar su apoyo explícito al movimiento por los derechos de las trabajadoras y trabajadores sexuales, porque nosotras somos un movimiento feminista. Pero lo que ocurre es que tenemos que hacer frente al daño tremendo y a las violaciones a los derechos humanos que se han llevado a cabo contra nosotras en nombre del “feminismo” para demostrar algún punto teórico. Cuando comencé a trabajar en la calle en Montreal en 2001, por ejemplo, algunos grupos feministas decidieron que iban a arrasar con la prostitución y se aliaron con gente de derecha y con grupos religiosos para cumplir con su objetivo, combinación que no es extraña. La hemos visto en los EEUU cuando la alianza poderosa entre grupos cristianos de derecha, fundamentalistas de la religión y algunos de los grupos feministas más tradicionales se unieron para imponer restricciones a la ayuda, limitando el financiamiento destinado a combatir el VIH/SIDA para grupos de trabajadoras sexuales, medida que tuvo un costo tremendo para las vidas de las trabajadoras y trabajadores del sexo en el mundo entero.
En 2001 vimos cómo las trabajadoras sexuales éramos atacadas por patrullas ciudadanas que trataban de expulsarnos de los barrios en los que muchas veces habíamos vivido y trabajado durante veinte o treinta años. Nos expulsaron con bates de béisbol y también – en lo que me pareció una forma nada original y bíblica – arrojándonos piedras (risas). En ese momento, los principales grupos feministas estaban impulsando lo que se llamaba el Modelo Sueco, que se supone es el modelo feminista para abordar el trabajo sexual, que consiste en arrestar a los clientes. El resultado fue que la policía arrestó a más de seiscientos clientes. Pero eso no les impidió arrestar también a las trabajadoras sexuales. O sea: ¡nos llevaron a todos y a todas, sin importar quiénes fuéramos! Mientras el trabajo sexual siga estando penalizado, siempre terminaremos presas.
El objetivo era arrestar al cliente que en la narrativa feminista se convirtió en cierta clase de demonio mitológico. Arrestaron a todos estos hombres... migrantes, hombres pobres, hombres de la calle. Nunca a los ricos. Así es como funciona. A esos hombres nosotras no los considerábamos nuestros enemigos. Eran hombres con los que trabajábamos, a quienes considerábamos nuestros aliados contra la represión policial. El resultado de eso fue que el trabajo sexual se vio empujado a la clandestinidad, y tuvimos que limitar nuestra elección de clientes. Para poder seguir viviendo y ganando dinero tuvimos que elegir entre un conjunto más limitado de clientes, y a veces tuvimos que optar por personas que habían bebido o que presentaban un riesgo potencial de mayor violencia. Las tasas de violencia denunciada por trabajadoras sexuales o referidas a hechos en los que ellas habían estado involucradas se triplicaron. El número de agresiones violentas se triplicó debido a las medidas duras que se habían tomado contra los clientes, una estrategia supuestamente feminista. El número de agresiones con armas letales se quintuplicó.
Creo que el movimiento feminista tiene que rendir cuentas por el daño que han causado las posturas de los grupos feministas que están en contra del trabajo sexual. Tiene que haber no sólo un apoyo fuerte a los derechos de las trabajadoras sexuales sino también un reconocimiento por parte del movimiento feminista del poder de nuestras organizaciones, y de los términos y las formas que hemos encontrado para organizarnos.
Participante: Soy de los Países Bajos y quiero compartir un dilema con ustedes. En mi país el gobierno no tiene un enfoque abolicionista pero aun así tenemos los mismos problemas. Sí, hay algunas trabajadoras sexuales cuya posición ha mejorado pero también hay muchísimas trabajadoras sexuales que siguen estando en la calle. Hay trabajadoras sexuales que son migrantes, y trabajadoras sexuales que son adictas, que no están protegidas en absoluto. Y, al mismo tiempo, tampoco hemos resuelto la cuestión de los intermediarios y hay cada vez más dinero proveniente de círculos delictivos que está ingresando a la industria del trabajo sexual trayendo consigo toda una variedad de formas de violencia.
Participante: Llevo mucho tiempo trabajando en los Países Bajos sobre este tema. Quiero decir un poco más sobre la legalización de la prostitución en el país. Nosotras, del movimiento contra la trata, trabajamos junto con Amenaza Roja, la organización por los derechos (de las personas que ejercen la) prostitución que también se estaba organizando en ese momento. El cabildeo que hacíamos no era sólo para tener una ley que legalizara la prostitución sino también para apoyar a las mujeres que estaban trabajando en la industria para que pudieran crear sus propios negocios, independizarse, controlar ellas mismas el trabajo que hacían. No fue eso lo que se permitió. Así, la legalización siguió siendo un mecanismo de control. La finalidad era supuestamente impedir la trata... pero no es así como funciona. No es tan lineal, la industria no es tan prolija, las motivaciones no son tan claras. Lo principal es que las mujeres no pueden controlar el trabajo que hacen, sus vidas, la forma en que ganan el dinero, la forma en que lo gastan. Ahí es cuando comienzan los problemas. No se puede proteger a las personas. Sólo se las puede fortalecer para que se protejan a sí mismas si necesitan protección, para que puedan conseguir ayuda cuando la necesiten, y para que controlen sus vidas y sus cuerpos. No es algo tan simple. Legalices o no (la prostitución), los problemas no van a desaparecer.



